viernes, 18 de febrero de 2011

Sangre y vísceras en la política madrileña


Hace unos días una revista publicó en portada una acaramelada foto del Alcalde Gallardón y la Presidenta Aguirre en el parque del Retiro, coincidiendo con el día de los enamorados. Creí que respondía a un mensaje político: “es amor lo que está en el aire, no contaminación”. No era así, ya que la jugada hubiera sido muy arriesgada: los científicos no han hallado resto alguno de sentimientos en las muestras tomadas. Mucha polución, nada de emoción.

La revista perdió una buena oportunidad, porque un 14 de febrero (el de 1929) se produjo un suceso que luego fue inmortalizado en muchas películas: la famosa matanza de San Valentín, en la que Al Capone mandó dar matarile a unos rivales en un garaje de Chicago. No es precisamente el amor romántico (ni ningún otro tipo de amor) lo que caracteriza a la política madrileña. Más bien el navajeo por la espalda y la conspiración ignominiosa. Doña Esperanza, metralleta en ristre, vestida con sombrero, gabardina y botines, y Don Alberto, mismo atuendo pero cautivo y desarmado, habrían compuesto una escena quizás menos edificante pero sin duda más realista.

Aguirre y Gallardón llevan años sirviendo de ejemplo a Churchill: el adversario está en la oposición, el enemigo en el partido propio. Ahora Tomás Gómez y Jaime Lissavetzky parecen dispuestos a imitarles. Lógico: pensarán que si a los del PP les ha ido bien, porqué no iba el PSOE a ser menos. Y allá van, plenamente dispuestos a ser más.

Habrá quien diga que la discrepancia interna es signo de vitalidad democrática. Hombre, si esto fuera así Gran Hermano sería la nueva Atenas. Y ya les digo yo que no lo es. No son ideas o proyectos lo que se disputa en las luchas intestinas de PSOE y PP. Son, como sabe cualquiera, cuotas de poder. En lugar de un garaje o un antro ilegal, las élites políticas madrileñas trasladan sus reyertas a escenarios como Caja Madrid o los órganos que confeccionan listas electorales, convirtiendo así las instituciones en algo parecido a la cocina de Hannibal Lecter. Esta forma de proceder explica también la dificultad para deshacerse de malas compañías, como alcaldes-gürtel o dirigentes condenadas por prevaricación.

No quisiera llevar la metáfora demasiado lejos. El PP y el PSOE no son bandas mafiosas. Son lo que los paleontólogos llaman fósiles vivientes: organismos de otro tiempo llamados a extinguirse si se produce un cambio en su entorno o si aparece un competidor mejor adaptado. Un meteorito o, qué se yo, una marea (magenta) podría significar su final si no cambian.

Un día, dentro de muchos siglos, alguien desenterrará los restos de una gaviota y de un puño con una rosa y anunciará fascinado que hubo un tiempo en que unos partidos gigantescos, endogámicos, caníbales y muy torpes dominaban el entorno político español. Se harán películas de terror y los niños jugarán con muñecos de Aguirre y Gómez.

domingo, 13 de febrero de 2011

El mundo cambia y no siempre a peor

Mubarak ha caído. ¿Qué nos deparará el futuro? ¿Qué será, será? No tengo ni idea, pero desde luego no tiene porqué ser peor que lo que había. Para los egipcios no es difícil mejorar. Para el mundo tampoco. El Oriente Medio no ha sido una región tranquila ni estable mientras Mubarak fue el amo. ¿Que podría haber sido peor? Claro, eso es algo que le pasa a toda circunstancia. En fin, lo que viene ahora no será tan emocionante pero será muy interesante.

Les dejo, por si no los hubieran leído, tres artículos al respecto (son todos ellos de El País; ya me gustaría ser más transversal, pero es lo que hay): Mario Vargas Llosa, Timothy Garton Ash y André Glucksmann.

Recomiendo, ahora y siempre, Obamaworld, que ha hecho un seguimiento de primera.

Y dejo un artículo de Savater sobre el problema vasco, que es mu delicao. También de El País, me cachis.


martes, 8 de febrero de 2011

¿Reconciliación? No cuenten conmigo




Ya lo han hecho algunos, pero habría que recordar que ETA está francamente mal. Han tenido que retroceder y adoptar posiciones que - nos parezcan o no aceptables y sinceras - antes siempre habían rechazado. Hay cosas que se han hecho bien. Y las que se han hecho mal no han sido totalmente destructivas.

Sin embargo, lo más importante que como sociedad nos jugamos ahora es lo mismo que nos hemos jugado siempre: la dignidad democrática. ¿Y a qué llamo dignidad democrática? A los mínimos principios compartidos que permiten que este invento político funcione pese a otro tipo de diferencias. Y voy y me explico.

Los que nacimos en los años inmediatamente anteriores o posteriores a la muerte de Franco, no tuvimos experiencia directa de la transición. Los consensos de entonces, que moldearon nuestra cultura política de hoy, nos llegaron mediante los relatos de sus protagonistas o de observadores. En principio deberíamos estar mejor equipados para cuestionarlos con sensatez que los que vivieron el momento (aunque viendo a gente como Bibiana Aído, tan acomodada en el sectarismo más simplón, uno se da cuenta que la juventud no es más que un virus que, en casos desgraciados, no se pasa ni con la edad). En cambio sí vivimos algunos otros momentos importantes, como el asesinato de Miguel Ángel Blanco y sus consecuencias políticas. Lo que sucedió por entonces fue que se venció uno de los principios malignos heredados de la transición: el que, desde cierto sentimiento de culpa, no aprobaba pero sí entendía las motivaciones de los terroristas. Aquel crimen (y otros que lo precedieron y lo siguieron) sirvieron para marcar una línea roja y un cartel de prohibido el paso con la leyenda: "en esta democracia no caben todos: los asesinos y sus cómplices se quedan fuera". Puede parecer poca cosa, pero en España hay pocos consensos así. La participación masiva en las manifestaciones y la acción política de grupos como ¡Basta Ya! nos dio, además, un sentido de comunidad muy raro para el carácter español (en caso de que exista tal cosa).

Por supuesto es frágil. Cuando en 2004 unos terroristas islamistas mataron a 191 personas en Madrid, yo no escuché ningún grito de "terroristas asesinos" una vez que se supo que no había sido ETA, y sí, en cambio, el de "Aznar asesino". La línea y el cartel sólo servían para ciertos terroristas. Y ni eso. Desgraciadamente la lucha antiterrorista no ha quedado al margen de la marrullera pelea política española. Sin embargo, y en general, el principio ha sobrevivido. ETA es incompatible con la democracia. Y de este modo podemos sentirnos parte de una comunidad cívica para cuya pertenencia basta con compartir este principio y algún otro también muy general.

Lo que nos jugamos, y lo que nos vamos a jugar en los próximos años, incluso aunque ETA diga mañana que se rinde y que aquí están sus pistolas, es la supervivencia de ese principio. Lo que va a llegarnos (ya nos está llegando) es una llamada a la reconciliación. No. Aquí no ha habido dos Españas. Aquí ha habido asesinos y víctimas. Es fundamental que haya vencedores y vencidos para que ese sentimiento de comunidad tan frágil no se venga abajo. No podemos aceptar el mensaje de que las manifestaciones contra ETA fueron parte de un juego. No. Eran actos políticos en defensa de valores esenciales e irrenunciables en democracia. Y la línea que se marcó no era - no es - arbitraria como la del triple en baloncesto. Es la que marca la diferencia entre los que pueden entrar y los que no. Como vivimos en democracia la línea es muy generosa: basta con no matar ni ser cómplice de los que matan.

Lo que nos jugamos es nuestra comunidad política. Y no creamos que está a salvo. El ataque a la comunidad vendrá de dentro. Por ejemplo de Javier Cercas, que escribió en El País un artículo liberando a los etarras de la exigencia de condenar el crimen. Recibió la respuesta que se merecía de Arcadi Espada. Pero la cosa no quedará aquí. Que no nos venza el hastío.

domingo, 30 de enero de 2011

Que no te devore el animal menor (I)




Como decía el Capitán Jack Aubrey en la gran Master and Commander, en la marina hay que elegir siempre "el animal menor" (the lesser of two weevils, el menor de los gorgojos, en el original inglés). La política exterior se ha regido casi siempre por el mismo principio. Por eso los países ricos han patrocinado dictaduras en todo el mundo: para evitar males mayores. Tras esta estrategia está la idea de que las democracias en los países pobres son inestables, impredecibles, y que pueden acabar en manos de chalados, fanáticos, o peor: enemigos. Una dictadura subvencionada siempre será más manejable y más fiable. La predecibilidad es el asunto clave.

Así, el Departamento de Estado americano (también Europa, pero este blog se encarga de lo importante) ha promovido y subvencionado durante décadas a animales menores como tiranos en países de los llamados estratégicos: Pinochet en Chile, los talibanes en Afganistán, Hassan II y su heredero en Marruecos, Mubarak en Egipto. No entro ahora en juzgar la bondad o maldad de las dictaduras per se: me parece que son siempre criminales, en mayor o menor grado. Lo que me interesa es el argumento pragmático: mejor una buena dictadura que una mala democracia para la estabilidad mundial. Yo digo que no.

Es falso que las dictaduras sean más estables que las democracias: lo son sólo en apariencia. El descontento y la disidencia permanecen ocultos y no se pueden medir. La información llega a través de rumores y servicios de inteligencia. Nos hemos hecho a la idea de que la CIA y el MI5 son infalibles. En absoluto. Hacen lo que pueden, que a veces es poco. Las grandes crisis suelen coger a las potencias occidentales con el paso cambiado y cara de tontos. Nadie esperaba un colapso del comunismo en el 89. De hecho el muro de Berlín cayó por una confusión. Ahora todos los analistas del mundo árabe preparan con mucha prisa explicaciones retrospectivas de las revueltas.

Las democracias, en cambio, son más transparentes. El poder cambia, o puede cambiar periódicamente, con lo que las políticas exteriores tendrían que ser revisadas. Pero esos cambios suceden a plena luz. Pueden anticiparse y por tanto podemos prepararnos. En una dictadura, por el contrario, habrá menos cambios, pero el día que hay uno el mundo se tambalea. Además, los cambios suceden más deprisa hoy que durante la posguerra mundial. La democracia los canaliza de una forma más sana que las dictaduras.

Suele decirse que los países pobres carecen de una cultura política (y de una cultura en general) que permita a las democracias echar raíces. Así que favorecer las libertades y el estado de derecho en esos países es perder el tiempo. El animal menor es una opción más realista. Lo que ocurre es que hay una relación equívoca entre cultura política y democracia, y me explico. Sí, parece probado que se necesita unas ciertas actitudes cívicas para que haya democracia; pero, por otra parte, está más que probado que esas actitudes se generan cuando existen instituciones democráticas. También es un lugar común que hace falta un cierto desarrollo económico, sin considerar que no hay ninguna prueba de que una dictadura facilite el crecimiento. Más bien al contrario.

En resumen: patrocinar animales menores es una política miope, cortoplacista y especulativa (por no decir inmoral). Favorecer cambios democráticos es, sin duda, arriesgado y difícil... creo. Y digo creo porque nadie parece haberlo intentado nunca. Sostengo que, en cualquier caso, la disyuntiva se ha vuelto, a día de hoy, totalmente falaz. Los animales menores ya no están en condiciones de garantizar estabilidad. Políticas exteriores tan ridículas como la española han pasado a la historia. Lo que ocurre es que nos daremos cuenta dentro de treinta años, cuando todo haya cambiado de nuevo.

jueves, 6 de enero de 2011

Día de Reyes y otros pequeños tiranos




Bien, intentaré recuperar el ritmo perdido. ¿Hay algo que altere más la vida de una persona que el nacimiento de una hija? Sí, que a su hermano mayor le den dieciocho días de vacaciones en la guardería. Cualquier actividad que haya querido llevar a cabo en desde la víspera de nochebuena la he tenido que realizar con un mocoso de veintidós meses agarrado a mis pantorrillas exigiéndome completa atención. Olvidaremos el full, por el momento.

Durante estos días he querido escribir de muchas cosas: de la falacia tecnocrática (pensar que los problemas sociales son como atascos en tuberías), de la ambivalencia de la estabilidad (que nos evita sobresaltos a costa de consagrar la mediocridad) o del vudú político (consistente en atribuir todos los males en una sola persona a la que podamos sacrificar: muerto el perro...).

Pero hay poco tiempo y hoy es día de Reyes. Si no estuviera lloviendo, a estas horas la calle estaría llena de niños estrenando juguetes. A Álvaro le han caído una guitarra estruendosa, el tierno dinosaurio de Toy Story (al que, de momento, sólo se acerca acompañado y con suma prevención), unos animales de granja de apariencia realista (el cerdo resulta casi hiperrealista) y unos legos para principiantes. A Julia le ha tocado un conejo de trapo. No ha manifestado ni frío ni calor, pero también es verdad que lleva durmiendo toda la mañana.

Oficialmente, los juguetes son ya el principal grupo de objetos en nuestra casa, por delante de los cubiertos y de los bolígrafos. El baúl de mimbre blanco ya se ha quedado pequeño y los juguetes están colonizando la casa. Son como aquellas pequeñas cosas a las que cantó el Serrat más cursi, sólo que carecen de cursilería. Cualquier día aparecerá un cochecito en el congelador.

En la tele salen unos psicólogos diciendo que hay que regalar poco, que si no los niños no valoran los juguetes. Yo creo que hay que regalar poco porque si no los juguetes pueden ocupar un espacio que un día podríamos necesitar para respirar. No entiendo a esos psicólogos. Parecen decir que los niños podrían olvidar que habitan un entorno con recursos escasos, que hay pocos frutos que recolectar y que los depredadores acechan. ¡Pero si se trata de eso! ¿Qué sentido tiene si no montar un teatro como este cada 6 de enero? Que los niños crean y nosotros finjamos que podemos tener cualquier cosa que queramos.

Y ahora voy a ceder el teclado a mi primogénito, que ha escalado por mi muslamen con agilidad felina (g-tún, llama él a los gatos) y está empeñado en escribir su primer post. Felices Reyes, hijo, todo tuyo:

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lunes, 20 de diciembre de 2010

domingo, 12 de diciembre de 2010

¡Estoy escandalizado, escandalizado!


No creo que se haya tenido en cuenta suficientemente, a la hora de juzgar a los controladores aéreos, la cantidad de conversación que nos han dado. ¿Cuánto vale que los parroquianos puedan dejar descansar a Mourinho y Belén Esteban por unos días? Lo que han conseguido entre el célebre sindicato, el fotogénico portavoz y el fantasmal gobierno equivale a sacar a España de su triste celda y darle un paseo por el patio de la prisión. El estado de alarma debería ser obligatorio con carácter anual, cuando menos.

Pretendía no volver a subirme a la torre de control, pero elegí un mal día para dejar de oler pegamento. Creo que el asunto ha sido instructivo, en especial para el que haya podido abstraerse del ruido. Las crisis tienen la rara facultad de iluminar aspectos de la realidad que habitualmente están en la penumbra. Como aquel oficinista que un día llegó a casa antes de la hora y descubrió que su mujer, pese a no haber terminado la primaria, no sólo conocía algunos términos latinos sino que habría aprobado un examen oral.

En fin, que estoy escandalizado: he descubierto que en este garito se juega:

1. En España el criterio que se usa para juzgar cómo le va a uno en la vida es el nivel de ingresos (en relación directa), aunque seguido muy de cerca por las horas de trabajo (en relación inversa). Esto explica por qué cuando a la gente le dicen que el sistema de pensiones es insostenible tiende a taparse los oídos y a gritar "habla chucho que no te escucho". Que te paguen por no hacer nada es al español lo que el Valhalla a los vikingos. Solo que en lugar de un barco en llamas hay un autobús a Benidorm.

2. Para alcanzar el éxito dan igual las cualidades personales. De hecho algunas - como la honestidad, la generosidad o la ecuanimidad - pueden ser un engorro. Otras, como la inteligencia o la pasión, tienden a identificarse con el oportunismo y la oligofrenia. Y otras, como la virtud cívica, se desconocen.

3. Esto es magnífico, porque una vez devaluada cualquier cualidad personal, se ha alcanzado la auténtica democracia a través de lo que he dado en llamar el igualitarismo del listillo. El que llega más alto es el que sabe hacerse un hueco en una posición estratégica que le confiera un gran poder de negociación. Al listillo suele llamársele inteligente, además de guapo, valiente y orgullo de su prez: todo con tal de que nos haga un hueco a su vera.

4. Los debates públicos se desarrollan en neolengua. "Los controladores usan para mejorar sus condiciones laborales su dominio sobre el espacio aéreo. No juzgamos si ganan mucho o poco: lo que afirmamos es que ese dominio es ilegítimo ya que se ejerce sobre un bien público. Es como si un grupo de interés cualquiera pudiera impedir a la gente salir a la calle". ¿Saben qué miembro del gobierno dijo esto? Ninguno. Y eso que hablaron sin parar.

5. Al gobierno se le puede criticar al mismo tiempo por una cosa y la contraria. Es imprevisor porque decretó el maldito estado de alarma en pleno puente, y por el mismo motivo es maquiavélico: sabía la que se iba a montar y lo aprovechó para ganar puntos con la opinión pública.

6. En cambio se pasa por alto la verdadera responsabilidad del zapaterismo. Por un lado haberse entregado, desde el día en que llegó, a pactar cualquier cosa con cualquiera que pudiera proporcionarle algún rédito político. Por ejemplo el Estatut. Por ejemplo la negociación con ETA. Por ejemplo los últimos presupuestos (y los anteriores). El problema no es pactar, claro. El problema es que siempre es a cambio de privilegios (ellos, que tanto han criticado los de los controladores). Aun reconociendo que ya existiera cierta tendencia, ¿puede extrañarnos que a estas alturas en España todo el mundo crea que la ley es una suave seda que pasarse por el arco del triunfo? ¿Nos puede sorprender que cada grupúsculo de interés se crea en su derecho de hacer su santa voluntad? Un día habrá que hacer una lista, pero quizás sea esto lo peor que Zapatero ha dicho a España: que no tenemos nada en común, que esto es un sálvese quien pueda, que cualquiera puede ser presidente, Sonsoles.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Pollos financieros y mercados sin cabeza (y II)... y controladores descabezados




En todos los discursos, tanto a favor como en contra del gobierno, se contempla a los agentes económicos como entes dotados de racionalidad. Lo que, simplificando, es que usan la información que tienen para conseguir el mayor dinero posible. Podría decirse que lo que le ha pasado a los controladores aéreos es que les faltaba información: no conocían el alcance del estado de alarma. Podría decirse, pero yo no lo diría.

Lo que pasa es que la racionalidad es un animalito que no se deja atrapar fácilmente. Para ciertos entretenimientos, como los tests de inteligencia, resulta útil como la infame llave allen de Ikea. Pero imagine, imaginativo lector, que compra usted una estantería y cuando abre el paquete se encuentra con el árbol en bruto y una llave allen como toda herramienta.

El motivo por el que los economistas (o muchos de ellos) tienen fama de predecir magníficamente el pasado es que usan el paradigma de la llave allen, y cada vez que se abre el paquete y aparece un árbol en bruto modifican sus teorías para incluir la sierra eléctrica dentro del campo semántico de la llave allen. Así, todo termina siendo racional. Y mire usted. Tampoco.

Desde la psicología cognitiva Daniel Kahneman ganó un premio Nobel de economía por aportar evidencia empírica sobre nuestras dificultades para manejar probabilidades en la toma de decisiones. El darwinismo explica que nuestras mentes evolucionaron en un entorno lleno de depredadores, escaso en alimentos y en el que no existían flujos de capital a corto plazo ni hedge funds. En estas condiciones es normal que caigamos en falacias de todo tipo. Escrito desde el mundo financiero, se recomienda El Cisne Negro, de Nassim Nicholas Taleb, un experto en falacias más bien faltón y gamberro, o sea, muy divertido.

La negociación de los controladores con el gobierno podría estudiarse desde un punto de vista de decisiones racionales. Seguro que ya hay alguien escribiendo un ensayo en el que aplican la teoría de juegos, el dilema del prisionero y el resto de aparataje. ¿En qué han fallado los señores de los minaretes? ¿Les faltaba información? No lo creo: el arma que los bajó de la burra estaba en la Constitución. Puede que su petenencia a un grupo cerrado altamente endogámico les condujera a creerse una especie de elegidos intocables, cual los miembros de una secta. También puede que cayeran en la famosa falacia del pavo: durante cien días el pavo piensa que el hombre es su benefactor. El día 101, que resulta ser el de Navidad, el hombre entra en el corral con un hacha. El pavo se percata de su error al tiempo que nota un cosquilleo en el gaznate. El controlador piensa que el gobierno es un ente bondadoso (o débil) porque nunca en treinta años ha decretado el estado de alarma. Pero en vísperas de la Constitución el vicepresidente aparece con un decreto ley y una llave allen que se parece muchísimo a un hacha.

***

Actulizado 7/12 a las 14:10



jueves, 25 de noviembre de 2010

Pollos financieros y mercados sin cabeza (I)

Pido perdón por anticipado: no voy a criticar al gobierno. Confío en que a pesar de ello usted, generoso lector, no me considere un mentecato.

La crisis. Los mercados. El riesgo soberano. La deuda. Otra vez vienen a por nosotros. Tambores. Tambores en lo profundo. Pero, ¿quién viene? ¿Quiénes son Los Mercados? Nombres, queremos nombres. Para empezar, cuando se habla de los mercados normalmente se alude a los compradores de deuda, o sea, a la demanda. También los gobiernos son el mercado, solo que en este caso en el lado de la oferta (otras veces los lados cambian). Resulta hipócrita (socialdemócrata, diría el gran Arcadi) jugar a un juego y luego impugnar las reglas. Pero una vez dicho esto, el problema sigue ahí: el Reino de España (también llamado Nunca Jamás, allí donde los niños no crecen) necesita financiarse y la demanda de deuda española está cayendo. Hay que pagar más para que nos presten lo mismo.

Todo el mundo pide medidas. Y yo con ellos. ¡Medidas, más medidas! ¡Queremos medidas hasta que nos salgan por las orejas! El gobierno ya tomó medidas, y unas que juró que nunca tomaría. Durante un tiempo pareció suficiente. Las cosas se calmaron y parecía que podíamos tirar. Hasta que alguien descubre que los bancos irlandeses están en quiebra y se vuelven a pedir medidas. Si uno rasca un poco ve que los que exigen medidas lo que quieren sobre todo es un cambio de gobierno. Bien está, yo también lo quiero. De lo que no estoy seguro es de que eso sirva para algo en relación con la deuda.

Imaginemos que el gobierno toma más medidas. Del tipo de las de Irlanda. A machete. Imaginemos que vuelve a pasar lo mismo: un tiempo de paz, y luego, hala, otra vez el diferencial que se dispara, las dudas sobre la economía española y de nuevo a pedir medidas. Supongamos que el gobierno se rinde, convoca elecciones y las pierde. Nuevo gobierno. Y sin embargo, sigamos suponiendo, esto no basta. Siguen las dudas, sigue el diferencial, sigue la vida. El Reino de Nunca Jamás suspende pagos. Y detrás va el euro, Alemania, Francia y... Estados Unidos.

No, dirán algunos, eso no puede pasar. Alemania no es España. Claro, pero España no es Irlanda, Irlanda no es Grecia y Grecia... La confianza, ah la confianza. ¿Qué nos hace confiar o desconfiar de alguien o de algo? Miramos a nuestro alrededor, al mundo, y creemos comprenderlo. Sin embargo, ¿cuánta gente que siente una desconfianza (léase acojone) hacia los aviones va todos los días a trabajar en un medio de transporte mucho más inseguro tal como el coche?

Muy largo este post, muy largo. He aquí un vídeo muy ingenioso que tuvo gran éxito hace un par de años, cuando todo empezó. "The sentiment of the market", dice uno de los cómicos. Sin embargo parece que queremos olvidar que entre los agentes económicos hay muchos con miedo al avión pero que luego no se abrochan el cinturón de seguridad en el coche.

martes, 16 de noviembre de 2010

Contra el pesimismo, acción

Sergio y Pocha dicen que no hay esperanza (o muy poca) en mi exposición de las cosas. Y sin embargo mi estado de ánimo está muy lejos de la desesperanza o del pesimismo. Cuando hablo de política y de la sociedad me centro en los problemas y no suelo mencionar que las cosas podrían ser (y de hecho han sido) mucho peores. En lo que me centro es en la distancia que hay entre mis expectativas y lo que nos rodea. También en desvelar (en lo que yo puedo) las incoherencias (inconscientes o no) de muchos discursos públicos, entre los que los hay estúpidamente optimistas y calculadamente pesimistas.

Nos movemos entre paradojas y hay que saber resolverlas. Para mí, descubrir nuevas posibilidades, nuevos horizontes, mejores formas de ver la vida es quizás lo más estimulante que hay. Me llena de ilusión y de proyectos. Y llena de sentido mis días. La mejor gasolina es hacer algo con un propósito. El propósito, por supuesto, tiene que ser ambicioso, cuanto más mejor. Por ejemplo, transformar la sociedad hacia otra más integrada, más cooperativa, más compasiva, más humana (y por sociedad no estoy pensando sólo en la española: como digo o se es ambicioso o uno se queda en casa).

La paradoja está en que cuanto más ambicioso es el propósito más escasas parecen mis posibilidades de lograrlo. Mis capacidades no dan para tanto, y el mundo tiene sus propias dinámicas en las que la inercia y el azar no son fuerzas menores. ¿Qué sentido tiene entonces ponerse en marcha? Todo el sentido desde el punto de vista personal. Para empezar, en cuanto a las capacidades uno se siente inclinado a mejorarlas, o sea, a mejorarse. Correr diez kilómetros en 55 minutos no es ninguna hazaña, y sin embargo para mí es un logro del que me siento legítimamente orgulloso.

Antes que esto, ese propósito me anima a buscar qué es lo que mejor hago. Indefectiblemente lo que mejor hace cualquiera es aquello que le apasiona, y sólo le puede apasionar algo a lo que encuentre el mayor sentido posible. Estoy hablando, nada menos que de la búsqueda de la felicidad. Gándara lo ha dicho mejor hoy mismo:

Conste que búsqueda de la felicidad no es lo mismo que ser feliz. Esa búsqueda -pues otra cosa no hay- comprende la facultad de saber qué es lo que mejor sabemos hacer y hacerlo (con independencia de nuestras habilidades sociales) y la de saber cómo podemos estar entre los otros con lo que hacemos. Grandes habilidades sociales no implican necesariamente mayor satisfacción (ni mayor sabiduría).
Por otra parte, el tipo de problema que a mí me interesa (de perfil social y político) implica a todo el mundo, lo que incluye a la gente que me rodea. Es altamente probable que nada de lo que yo pueda hacer vaya a cambiar la sociedad de forma directa (pretenderlo sería una preocupante voluntad de omnipotencia). Pero quizás pueda influir sobre mi familia, mis amigos, mis vecinos. La influencia que yo quisiera ejercer no es la del convencimiento, sino una mucho más ambiciosa y a la vez más accesible a cualquiera: la inspiración. Y digo accesible a cualquiera porque para inspirar basta con creer en lo que se dice y en hablar a la gente tomándola como fines en sí mismos, no como medios. Si convencer es coger a alguien y traerlo a donde tú estás, inspirar es darle un motivo para buscar, para actuar, para moverse. Luego aparecerá donde tú estás o en otro sitio, pero si la búsqueda es honesta, tendréis mucho de lo que hablar.

Y luego está la acción. Por mucha razón que se tenga, nada hay más enfermizo que apoltronarse en la queja con los pies apoyados en la fantasía. El que así se acomoda termina intoxicado de sí mismo. Este blog pretende ser una forma de acción (tengo otras en marcha). Por supuesto toda acción persigue un objetivo (en este caso que se lea y resulte de algún modo inspirador), pero su sentido no depende de que se alcance o no. De hecho, la obsesión moderna por los objetivos, por los fines, está - me parece - en el origen de muchas formas de neurosis y depresión. No sólo porque en ocasiones no se alcancen, sino también porque muchas veces se alcanzan. Además, actuar significa ofrecer a los demás aquello que para uno tiene sentido ("estar entre los otros con lo que hacemos", en términos gandarianos). Sobre la importancia de centrarse en el proceso para una buena salud mental (y hasta moral), os dejo un vídeo cortesía de Ana Ruiz Sancho.