martes, 16 de noviembre de 2010

Contra el pesimismo, acción

Sergio y Pocha dicen que no hay esperanza (o muy poca) en mi exposición de las cosas. Y sin embargo mi estado de ánimo está muy lejos de la desesperanza o del pesimismo. Cuando hablo de política y de la sociedad me centro en los problemas y no suelo mencionar que las cosas podrían ser (y de hecho han sido) mucho peores. En lo que me centro es en la distancia que hay entre mis expectativas y lo que nos rodea. También en desvelar (en lo que yo puedo) las incoherencias (inconscientes o no) de muchos discursos públicos, entre los que los hay estúpidamente optimistas y calculadamente pesimistas.

Nos movemos entre paradojas y hay que saber resolverlas. Para mí, descubrir nuevas posibilidades, nuevos horizontes, mejores formas de ver la vida es quizás lo más estimulante que hay. Me llena de ilusión y de proyectos. Y llena de sentido mis días. La mejor gasolina es hacer algo con un propósito. El propósito, por supuesto, tiene que ser ambicioso, cuanto más mejor. Por ejemplo, transformar la sociedad hacia otra más integrada, más cooperativa, más compasiva, más humana (y por sociedad no estoy pensando sólo en la española: como digo o se es ambicioso o uno se queda en casa).

La paradoja está en que cuanto más ambicioso es el propósito más escasas parecen mis posibilidades de lograrlo. Mis capacidades no dan para tanto, y el mundo tiene sus propias dinámicas en las que la inercia y el azar no son fuerzas menores. ¿Qué sentido tiene entonces ponerse en marcha? Todo el sentido desde el punto de vista personal. Para empezar, en cuanto a las capacidades uno se siente inclinado a mejorarlas, o sea, a mejorarse. Correr diez kilómetros en 55 minutos no es ninguna hazaña, y sin embargo para mí es un logro del que me siento legítimamente orgulloso.

Antes que esto, ese propósito me anima a buscar qué es lo que mejor hago. Indefectiblemente lo que mejor hace cualquiera es aquello que le apasiona, y sólo le puede apasionar algo a lo que encuentre el mayor sentido posible. Estoy hablando, nada menos que de la búsqueda de la felicidad. Gándara lo ha dicho mejor hoy mismo:

Conste que búsqueda de la felicidad no es lo mismo que ser feliz. Esa búsqueda -pues otra cosa no hay- comprende la facultad de saber qué es lo que mejor sabemos hacer y hacerlo (con independencia de nuestras habilidades sociales) y la de saber cómo podemos estar entre los otros con lo que hacemos. Grandes habilidades sociales no implican necesariamente mayor satisfacción (ni mayor sabiduría).
Por otra parte, el tipo de problema que a mí me interesa (de perfil social y político) implica a todo el mundo, lo que incluye a la gente que me rodea. Es altamente probable que nada de lo que yo pueda hacer vaya a cambiar la sociedad de forma directa (pretenderlo sería una preocupante voluntad de omnipotencia). Pero quizás pueda influir sobre mi familia, mis amigos, mis vecinos. La influencia que yo quisiera ejercer no es la del convencimiento, sino una mucho más ambiciosa y a la vez más accesible a cualquiera: la inspiración. Y digo accesible a cualquiera porque para inspirar basta con creer en lo que se dice y en hablar a la gente tomándola como fines en sí mismos, no como medios. Si convencer es coger a alguien y traerlo a donde tú estás, inspirar es darle un motivo para buscar, para actuar, para moverse. Luego aparecerá donde tú estás o en otro sitio, pero si la búsqueda es honesta, tendréis mucho de lo que hablar.

Y luego está la acción. Por mucha razón que se tenga, nada hay más enfermizo que apoltronarse en la queja con los pies apoyados en la fantasía. El que así se acomoda termina intoxicado de sí mismo. Este blog pretende ser una forma de acción (tengo otras en marcha). Por supuesto toda acción persigue un objetivo (en este caso que se lea y resulte de algún modo inspirador), pero su sentido no depende de que se alcance o no. De hecho, la obsesión moderna por los objetivos, por los fines, está - me parece - en el origen de muchas formas de neurosis y depresión. No sólo porque en ocasiones no se alcancen, sino también porque muchas veces se alcanzan. Además, actuar significa ofrecer a los demás aquello que para uno tiene sentido ("estar entre los otros con lo que hacemos", en términos gandarianos). Sobre la importancia de centrarse en el proceso para una buena salud mental (y hasta moral), os dejo un vídeo cortesía de Ana Ruiz Sancho.


domingo, 14 de noviembre de 2010

Cuando te despidas asegúrate de que lo haces del finado

Resulta chocante toda la solemnidad, los lugares comunes y las presencias institucionales en la muerte de Berlanga. ¡Pero si Camps, Barberá y todo el submundo político valenciano podrían ser protagonistas de alguna película suya! Hubiera estado muy bien hacer de su funeral una escena berlanguiana. Veo con lástima que le gente que se muere no controla su despedida. Comprendo que los que se despiden son los demás, pero cuando lo que se pretende es cierta forma de homenaje, el homenajeado debería andar por allí, y no estar sólo de cuerpo presente.

Al funeral de Berlanga deberían haber ido aristócratas salidos, putones verbeneros, militares que aparcan su tanque en doble fila, pícaros, pobres y, políticos, por qué no, pero con los billetes calientes de la corrupción asomando por los bolsillos de la blazer. Se tocaría un pasodoble y todos acabarían en el cuartelillo.

Si algún día, Dios no lo quiera, falleciera Jordi Pujol, deberían faltar el 3% de sus cenizas.

Si muere Berlusconi a su entierro debería ir toda Italia, pero cobrando. Su féretro lo portarían 6 mamachichos y se crearía un canal de televisión que ofrecería las 24 horas imágenes en vivo del interior de su tumba.

En el funeral de Parada el ataúd sería un inmenso piano que tocaría el pianista de Parada. Como con los antiguos faraones, sus colaboradores serían enterrados con él. Asistirían un millón de abuelas y la misa la daría Joselito (el pequeño ruiseñor).

Al introducir el ataúd con los restos de Julio Salinas en el nicho, los operarios, solos ante el Portero, fallarían incomprensiblemente.

Si alguien se anima, se admiten colaboraciones.

Más abajo está el mejor acto funerario, o lo que sea, que hase visto. En Los Vikingos, de Rhichard Fleischer. A partir del minuto 5. Suben el cadáver de Erik (Kirk Douglas) a un barco, lo dejan ir a la deriva con el sol del atardecer y cuando se aleja un poco le lanzan una lluvia de flechas incendiarias. La nave ardiendo se aleja hacia el oeste. Este verano, flotando en la piscina, pensaba que un final digno de mí sería que dejaran mi cadáver, vestido con mi bañador de flores, sobre una colchoneta de propaganda y mis allegados me arrojaran servilletas del chiringuito en llamas. Pero eso era este verano.

Adiós María Esther.

Hola Miguel González Pérez de Lema


sábado, 13 de noviembre de 2010

Dios y tal




El 5 de septiembre El Mundo publicó este editorial sobre Stephen Hawking y su famoso libro.

Yo envié esta carta al director, que no me publicaron:

Sr. Director:

El editorial de EL MUNDO sobre las afirmaciones de Hawking me causa varias perplejidades. Sostiene el editorial que ante el misterio de la materia y la nada, tan probable es la existencia de Dios como su inexistencia. No es así, ya que la existencia de Dios nos dejaría en la misma situación: ¿quién creó a Dios? La afirmación de un ser, una entidad eterna no es un argumento de la lógica, sino el fin de la misma. No digo que no pueda sostenerse, sino que no se le puede aplicar el término hipótesis, un término de metodología científica.
Otra perplejidad: si como afirma el editorial no caben interpretaciones relativistas (y por tanto Dios existe o bien no existe) la carga de la prueba cae sobre los que pretenden que existe. No se puede pretender que lo sobrenatural juegue en el campo de lo natural. Y no digamos ya el salto de la existencia de un ente creador a la de un ente moral que juzga a los seres humanos, como su editorial se permite sin argumentación alguna.
Pero lo que de verdad me deja estupefacto es la solicitud de respeto para las afirmaciones hechas desde la fe a la vez que se acusa a los científicos en general de vivir en una torre de marfil y compartir migajas de conocimiento con el vulgo. ¡Pero si es al contrario! El conocimiento científico es público por definición y está a disposición de cualquiera. El sometimiento estricto de la ciencia a las leyes de la lógica deja cualquier afirmación expuesta a la refutación. ¿Que algunos científicos son soberbios? Bien, la soberbia no es de su exclusivo patrimonio. En cambio han sido las jerarquías religiosas las que - ellas sí, desde una torre de marfil - se han pretendido intérpretes de la voluntad de Dios, un saber absoluto no sometido a refutación. Y, efectivamente, han compartido con el vulgo unas migajas de ese saber. Afortunadamente esta actitud histórica se ha atenuado en los países cristianos, pero se mantiene oscuramente victoriosa en muchos países islámicos.
A pesar de ello, siempre se exige respeto para las creencias religiosas más diversas. No tiene esa suerte el ateísmo, al que se exige discreción (a ser posible silencio), y cuando ese silencio se rompe se le acusa de soberbia. Acusación que invariablemente han recibido los hombres de ciencia de los hombres de Dios cuando a lo largo de la historia han hecho afirmaciones basadas en la razón que cuestionaban los dogmas imperantes.

Atentamente,

Juan de Ávila González Moyano

Dejo también un artículo de Savater al respecto, del 10 de septiembre en El País.

martes, 9 de noviembre de 2010

Dioses irresponsables y ciudadanos virtuosos (y II)

Por tanto, queremos renunciar a la (falsa) omnipotencia pero acceder a la ciudadanía ¿Por dónde empezar? - se pregunta usted, desacostumbrado lector. Primero por reconocerse como igual a los demás, y por tanto limitado en su poder, que comparte con muchos otros. Para influir en la organización de las cosas públicas tenemos que unirnos: uno por uno somos impotentes; agrupados podemos hacernos oír. Si somos iguales, nos debemos un respeto. Y si vamos a compartir un proyecto respetarse significa discutir los asuntos importantes abiertamente y con honestidad. Es decir, sin utilizar a los demás para nuestros fines particulares. Sin perder de vista el bien común. Enhorabuena, venturoso lector: ha dado usted con la virtud ciudadana.


Ciudadanía, murmura usted, embelesado lector, y se imagina a sí mismo con túnica, en el ágora y hablando en griego clásico. Ciudadanía. ¿Qué significa? Derechos, sin duda, pero también obligaciones. Libertad, pero no sin responsabilidad. Pertenencia, pero abierta a nuestros iguales, que son todos. Y algo más: participación. La ciudadanía que quieren los grandes partidos es la de una planta de salón que cada cuatro años salga de su macetero y trabajosamente consiga depositar en la consabida urna el lastimero voto. Vuelta al macetero y a vegetar. Usted, enérgico lector, dice no a esa ciudadanía comatosa. Usted ha comprendido que hay que actuar. Existen muchas formas de hacerlo. A usted le gustaría, por ejemplo, tener algo más que decir acerca de quiénes sean los líderes que nos representen. Pues bien, existe un mecanismo para ello: las elecciones primarias, a través de las cuales se puede dirimir el liderazgo en diferentes niveles de un partido político. Así se puede evaluar el mérito del trabajo y de las propuestas de unos y de otros. Así se piden y se ejercen responsabilidades. Así se debate públicamente y se coordinan las acciones. Ah, la razón actuando, la deliberación en estado puro, la virtud cívica en todo su esplendor.


Pero usted, resabiado lector, no se ha caído de un guindo. ¿Cómo sabe que no se van a reproducir en las primarias los vicios que tanto le molestan en otras elecciones? Abre el periódico y se topa con el PSOE de Madrid, donde todos cantan las alabanzas de las primarias, a pesar de que ninguno las quería: no les ha quedado más remedio al fracasar las componendas y las coacciones. Las crónicas hablan de avales, facciones, promesas, apoyos, intercambios. Pura negociación entre grupos de poder. Al final alguien gana. ¿Y bien? ¿Dónde está la virtud cívica? ¿Qué de bueno puede salir de ahí? No me entienda mal, paciente lector: las primarias son una institución apreciable. Pero de nada sirven las mejores instituciones, ni las leyes más rigurosas, ni los estatutos mejor compuestos si prescindimos de la virtud ciudadana. Es decir: si no estamos dispuestos a hacer lo correcto por el interés general y si no exigimos a nuestros representantes que hagan lo mismo.





viernes, 5 de noviembre de 2010

Dioses irresponsables y ciudadanos virtuosos (I)

Querido lector: es usted poderoso. Nuestro sistema político le otorga unos derechos que le permiten decidir quién gobierna. Usted, una persona de apariencia humilde, es en realidad un soberano (o soberana). Un potentado (o potentada). Un dios (o diosa). Los grandes líderes de la nación se muestran ante usted deferentes, serviciales, incluso aduladores. No dejan de decirlo: usted, imperial caballero (o amazona), cuya única arma es una papeleta electoral, es depositario de la sabiduría, de la sensibilidad y aún de la presciencia. Usted es el Pueblo Soberano (le aseguro que escribo estas líneas genuflexo).

Con otra retórica y peor sintaxis este viene a ser el mensaje que se nos arroja desde el establishment. Pero usted, intuitivo lector, nota que algo no encaja. “¿Por qué - se pregunta - esta gente extraña se empeña en hacerme tanto la rosca? Dicen que soy sabio, y sin embargo no logro sintonizar el TDT. Además, aparte de votar cada cuatro años, ¿de qué otra forma ejerzo mi inmenso poder? De higos a brevas me acerco a mi colegio electoral y me veo obligado a elegir de un menú que, salvo pocas excepciones, comprende platos sin sustancia o directamente podridos”. Resignado, se conecta a internet, abre un periódico, enciende la radio y vuelve a encontrarse con el mensaje de siempre: “usted decide, y lo que decide es que nosotros decidamos por usted”.

Una vez introducida la sagrada papeleta en la urna proverbial, usted, perspicaz lector, se percata de que ya no pinta casi nada. “Déjenos a nosotros, los profesionales” parecen decirle, como si la política fuera una rama de la fontanería o de la contabilidad. Una tarde, al volver a casa, coincide con su vecino, el del ático, y usted, confiado lector, le abre su corazón. Él contesta que la política es así, y que lo que tienen que hacer los políticos es dejar a la gente en paz para que se ocupe de sus cosas. Si no fuera porque el ascensor se ha detenido en su planta, usted le contestaría que la política también forma parte de “sus cosas”.

Usted, esforzado lector, entra en casa y se derrumba en el sofá. Está agotado tras un día duro en la oficina. ¿Qué dan hoy? Fútbol, seguro. O una serie infumable. Lo pone, pero no le presta atención. Una idea le da vueltas en la cabeza. Sí, reflexivo lector, hay una contradicción en el discurso: por una parte le atribuyen a usted un poder ilimitado; por otra le invitan a dedicarse a sus asuntos, a no meterse en política, que ya es la vida muy complicada. No se concentra en el fútbol, perplejo lector. Ante usted se aparece una imagen escalofriante: cuarenta y cinco millones de seres todopoderosos viendo la tele absolutamente desentendidos de lo que acontece. El mundo como un inmenso Olimpo en el que los dioses no sólo no tienen sobre quién mandar, sino que no tienen nada que decidir. Delegaron en un grupito de mortales que, paradójicamente, son los que hacen y deshacen a su antojo. Dioses irresponsables y hombres que les gobiernan ¡El mundo al revés!

Tras esta epifanía, lector visionario, usted comprende mucho mejor lo que se espera de usted: que se esté quietecito. Que cada cuatro años meta un sobre en una urna para justificar (más que legitimar) a los que van a mandar. Y que si quiere quejarse, puede hacerlo, pero nada más. Protesten, protesten, que hay libertad de expresión. Total, para lo que les va a servir... A estas alturas, desengañado lector, usted renuncia encantado a su estatuto divino. Devuelve el carné de dios y deja de pagar la cuota. Vuelve a ser lo que siempre fue: un mortal. Algo ha cambiado, sin embargo: ya no quiere ser todopoderoso, pero está decidido a ser un ciudadano.

martes, 26 de octubre de 2010

Una conversación sobre nación e identidad

Rubén González 13/10

¿Sueñan los líderes políticos (y sindicales) con ovejas votantes?

Publicado en El Transversal el 19 de octubre de 2010

El Presidente del Gobierno ha dicho que no siente haber traicionado sus principios con la reforma laboral. Es muy importante lo que sienta un presidente. Casi más que lo que piense. Porque lo que se piensa pertenece al ámbito de la razón, en el que uno se equivoca o acierta, dice la verdad o miente, aporta conocimiento o desinformación. Pero el sentimiento es otra cosa. Pertenece a lo íntimo, a lo que se dice uno por la noche justo antes de apagar la lamparilla. El Sr. Rodríguez Zapatero es muy generoso con la ciudadanía y comparte con frecuencia sus sentimientos. No es el único, claro. Todo el nacionalismo está construido sobre cimientos sentimentales. Y el discurso nacionalista, hasta en la sopa, ha cundido, se ha hecho popular (no sé si me siguen), ubicuo, imperante.

Sí, los sentimientos de un presidente de gobierno son - en España y a día de hoy - al menos tan relevantes como sus pensamientos. De lo que el Presidente pueda sostener razonadamente no conviene sacar demasiadas conclusiones. En la Moncloa no canta el gallo; se sabe que el día ha comenzado porque el gobierno ha modificado una política. ¿O será al revés? Podría ocurrir que el primer rayo de sol sea para el ejecutivo la luz que le señala un nuevo camino, distinto del de ayer. Probablemente conocerán la historia de aquel granjero que dio por hecho que el canto del gallo provocaba la salida del sol. La razón es lo que tiene: que es falible. ¿Y los sentimientos? Los sentimientos no fallan. Simplemente cambian. No tiene sentido juzgar un sentimiento como racional o irracional. Se siente lo que se siente. Si, por ejemplo, yo me siento socialista, nada puede cambiar este hecho, ni siquiera mis actos. ¿Que abandono mis posturas económicas tan enfáticamente defendidas y adopto las contrarias? Eso no tiene importancia, porque no siento haber traicionado mis principios. Si mis principios pudieran hablar seguro que les dirían que no se sienten traicionados.

El sentimentalismo se ha convertido en el caldo en el que chapotean la mayor parte de los partidos políticos, muchas administraciones públicas y un buen número de organizaciones sociales. Observen al líder sindical Toxo, que califica de "gran putada” la huelga general que él mismo ha convocado. Qué tormenta emotiva no se habrá desatado en la conciencia de este hombre para expresarse con tanta crudeza en horario infantil. Uno solo puede observar con angustia a estos personajes que se debaten entre sentimiento y razón, entre querer y poder. La vida pública española está alcanzando el dramatismo del mejor (peor) culebrón que imaginar podamos.

Por otra parte, algo huele a podrido en todo esto. La razón y las emociones no están tan separadas. Nuestro cerebro no es tan estanco como a veces se nos ha hecho creer. Al respecto, les recomiendo El error de Descartes, del eminente neurólogo Antonio Damasio. Sin emociones, el razonamiento funciona de forma defectuosa. Cuando observamos argumentos inconexos y errores lógicos, no podemos descartar que estemos ante gente sin emociones. Cuando un gobierno vuelve su política económica del revés sin reconocer que la anterior era equivocada, o cuando un sindicato convoca una huelga aún a sabiendas de que perjudica a mucha gente, ¿es posible que estemos contemplando una emotividad irremediablemente dañada? Podría ser, pero no sería justo darlo por hecho. Hay otra posibilidad: que presidente y sindicalista no estén siendo del todo sinceros sobre sus sentimientos, sobre sus razones o sobre ambos.

Veamos, ¿cómo es posible que un líder político, que además es el Presidente del Gobierno, cambie de un día para otro su política económica? Se dice que, ante la inminente suspensión de pagos del Reino de España y la presión de los más destacados líderes mundiales, Zapatero no tenía alternativa. La verdad es que siempre hay alternativa. Por ejemplo: no hacer nada, suspender pagos y esperar a que Europa venga a rescatarnos - ya había un precedente: Grecia - mientras nos hundimos en un populismo demagógico que acusa a los mercados y elude cualquier responsabilidad. En mi opinión, si no se eligió esta alternativa fue por la certeza de que el Gobierno y el PSOE quedarían agonizantes. La presión ciudadana sería de tal magnitud que el ejecutivo no tendría más salida que la convocatoria de elecciones, sabiendo que las perderían. Visto el panorama, toca salvar los muebles, arriar las velas y rezar a San Pablo (Iglesias). De un día para otro se hace lo que se juró que nunca se haría. Está claro que habrá un coste, pero es calderilla electoral comparada con la otra posibilidad. A partir de aquí se trata de recuperar el nunca perdido contacto con los nacionalistas y sobre todo de no dar ninguna explicación creíble a semejante cambio.

Entre las pérdidas con efectos electorales está el apoyo de los sindicatos, tan importante para Zapatero. Imaginen a Méndez y Toxo bailando el pasodoble de la política social al son de la orquesta gubernamental, y que así, sin avisar, se encuentran con que lo que suena ahora son unas sevillanas. Claro, podrían ponerse como locos a buscar los vestidos de gitana y las castañuelas, pero hay gente mirando. Su gente, sobre todo. A la que han dicho desde hace años que las sevillanas son de pijos. Nada de bailes de señoritos: nosotros el pasodoble, tan popular. Méndez y Toxo se encuentran con un dilema: quieren bailar lo que les ponga la orquesta, porque son amigos suyos y porque si no bailan podría llegar otra orquesta diferente que lo mismo no les gusta tanto. Por otra parte, adoptar ahora la estética de los Cantores de Hispalis podría llevar a su gente a preguntarse quiénes son esos fulanos que les mandan. Y no duden de que entre el público hay más de uno con ganas de levantarse y gritarles: ¡largaos a la feria en vuestras jacas, señoritos! De modo que no es posible. Si quieren seguir marcando el paso a los demás, no les queda otra que protestar por el cambio de música y llamar a todo el mundo a que pare. Una gran putada, sin duda, entre otras cosas porque si el llamamiento no sale bien y la gente sigue a lo suyo - lo que parece probable - van a quedar como unos líderes más bien flojos, y esos que están entre su público deseando sustituirles no van a dejar pasar la ocasión.

Este es el cuento. Antes del colorín colorado, toca hacerse una pregunta: ¿dónde están los ciudadanos? Hemos visto muchos líderes (ya saben, gente que manda). Hemos visto poderes ejecutivos, partidos políticos, organizaciones sindicales. Incluso hemos visto votantes. Pero un votante no es un ciudadano (el derecho al voto es sólo una dimensión de la ciudadanía). ¿En qué momento de las decisiones que se toman se tiene en cuenta a la gente, a sus necesidades y deseos? Los partidos tradicionales se dirigen sólo a votantes: lo único que cuenta es qué papeleta meten en el sobre; sus motivos, sus razones, el hecho de que lo hagan con toda la información o engañados es indiferente. ¿Tienen emociones y sentimientos nuestros políticos? Sin duda. El problema es que sólo parecen variar en función de los sondeos. No hay más objetivo que la victoria electoral. La clase política (y otras clases, como la sindical) parece hoy en día un ejército de replicantes. Sería ciencia ficción imaginarlos rebelándose contra su naturaleza, como los de Blade Runner, y explicando sus posturas y decisiones en función de unos principios sostenidos racionalmente.

sábado, 13 de junio de 2009

En el bar ya no se habla de fútbol, sino del retorno de las inversiones en el mercado chino

La polvareda levantada por Florentino se me ha metido enterita en los ojos. Me pica la mojigatería de los que se preguntan "cómo se puede pagar ese dinero por una persona", como si esto tuviera algo que ver con alguna persona. Para colmo van y lo vinculan con la crisis. Me pregunto si Lucía Méndez rebusca en los cubos de basura y si no cobra un sueldo.
Me irritan los que nos explican que es una jugada maestra, que en realidad es una inversión rentable de inmediato, ya saben, por las camisetas que se venden y los derehcos de imagen (sean lo que sean). Me parto con las camisetas. Me pregunto: si es tan fácil, ¿por qué sólo lo hace Floren? ¿Por qué no llega ahora Berlusconi y paga 120 kilos por Messi? No, mejor aún: ya que Floren está pillado, ¿por qué el resto de los clubes no fichan a periodistas deportivos como presidentes? Al fin y al cabo, ellos son los segundos en darse cuenta de cuán fácil es.
Me escuece Cristiano Ronaldo. Ojo, que no digo que no sea el mejor futbolista del mundo. Es posible. Pero es que no me gusta nada. Y sé que no estoy solo. Nosotros, que vimos a Zidane.
Me harta el fútbol. Me harta la frase "es negocio antes que deporte". Me hartan los chinos. Por lo visto el hecho de que ahora millones de chinos (aunque no se sabe cuántos millones) vean fútbol, ha inclinado más la balanza hacia el lado del negocio. Si de verdad hay una balanza, nosotros, los consumidores, estamos en un platillo junto con los chinos. Y en el otro nadie alcanza a ver lo que hay. Dicen que unos tipos en pantalón corto, pero con tanto jaleo todo se ve muy borroso.
También se me clavan en el cristalino las metáforas: parece ser que el Madrid de Florentino será una superproducción. Y el Barça de esta año qué es: ¿cine de autor?
Ahora veo que Lucía Méndez tiene razón, esto de CR tiene todo que ver con la crisis. Pero no de la forma en que ella cree. El problema son las metáforas y las explicaciones. Viene uno con nueva palabrería y todo el mundo le cree. "Superproducciones". "Vender camisetas". "Mercado global". Y al final uno se siente un poco tonto, como si pensara de una forma antigua, como si le faltara un MBA, cuando se pregunta si a Kaká, a CR y a Villa el balón se lo va a tener que pasar Gago o Guti H. Lo peor de Florentino no es que sea rico, ni que se gaste dinero en estos tiempos de crisis (yo me acabo de comer un helado que no necesitaba para sobrevivir). Lo peor es que está empeñado en que en el bar no se hable de mediocentros, ni de entrar por las bandas, sino de vender camisetas, de retornos de inversiones y de las masas de chinos sedientas de madridismo.

domingo, 7 de junio de 2009

Europeos

Los resultados son buenos. Muy buenos. Y totalmente insuficientes. Nada va a cambiar después de esto. Por lo menos en los próximos meses.

Evidenemente UPyD es más conocida y hemos conseguido bastantes más votos con mucha menos participación. Ahora mismo nos dan un 2,86% de participación, y si no recuerdo mal en las generales estuvimos por el 1,3%. O sea, más del doble.

En Madrid el resultado es espectacular: un 6% de los votos, muy por delante de IU.

Me he pasado todo el día con un mal pálpito. El único sondeo que se ha hecho, uno de la COPE, nos daba apenas el 1,7%, lo que no nos garantizaba el escaño. Francamente, lo he visto muy crudo. Al final, bien.

Pero qué difícil es. Qué duro. Es posible que la militancia me ciegue, pero de verdad que no puedo entender que existiendo una opción como UPyD - sin sobreestimarla, considerémosla simplemente como normalita - todavía haya tanta gente que vota a los hunos y a los hotros. Y tanta gente que no vota.

Creo que el primer gran objetivo de UPyD debería ser romper el statu quo. Pajín lo ha dicho hoy en su comparecencia sobre los resultados - en general tan delirante como siempre, pero en esto totalmente acertada -: los resultados del 7-J muestran de nuevo una situación de equilibrio entre los dos grandes partidos. Así, el electorado "se inclina a favor de uno u otro en función de circunstancias coyunturales" y "esta circunstancia se repite en cada proceso electoral"

Lo primero que se me ocurre es si dentro de esas circunstancias coyunturales incluye el atentado del 11-M. Pero aparte de eso, el hecho de que lo mencione significa que les preocupa, que están atentos. El cortijo tiene dos dueños y sólo hay que gestionar una coyuntura. Con esto es con lo que hay que acabar, en mi opinión.
En fin, habrá que conformarse, incluso estar contentos, y esperar que el gran salto se produzca en las próximas. Hay que ser decisivos. Hay que condicionar el gobierno y hay que dirigir el debate adonde tiene que estar.
Habrá que seguir con ello.


jueves, 28 de mayo de 2009

Como decíamos

Como decíamos (a partir de ahora escribiré en plural mayestático), tengo la intención de actualizar este blog semanalmente. Casi dos meses después de la primera, aquí llega la segunda entrada.
Ayer ganó el Barça. Pero ganó de verdad. No se puede ganar más, no se puede ganar mejor. Yo (perdón, nos), madridista renegado, creía que me alegraría su victoria. (Nota: ya paso del plural mayestático, cansa mucho; para que luego digan que ser rey es fácil) Mas no. No me alegro. Tampoco estoy rabioso, ni envidioso. Estoy ligeramente entristecido. El motivo es que he visto lo que el fútbol es capaz de ofrecer. Todo es mejorable, etc, pero yo nunca había visto algo como lo del Barça este año. Me han enseñado el cielo y - como por otra parte cabía esperar - se parece demasiado a la tierra.
En fin, queda confirmado: el fútbol es una mierda, y sólo se sotiene por el forofismo. Ver cómo lo borda un equipo que no es el tuyo es como descubrir que tu mujer se ha convertido en la amante perfecta, pero eso sí, de otro. Uno puede encontrarle un cierto placer estético al observar sus evoluciones desde el armario entreabierto, o incluso sentirse orgulloso de que su esposa haya asimilado tan bien las lecciones que uno le impartió con infinita paciencia. Pero el orgasmo se lo está llevando puesto el butanero.